
Cuando la tierra habla, debemos escuchar
Es curioso, pero el verdadero sostén de la humanidad, lo que realmente sostiene toda la estructura social, política, cultural e incluso religiosa, es la agronomía; la capacidad de cultivar alimentos. Y, sin embargo, en nuestro afán de producir más y más, hemos hecho de esta ciencia tan hermosa y necesaria, una de las más destructivas y contaminantes.
Los suelos, que deberían estar rebosantes de vida, han sido exprimidos hasta quedar inertes. Las semillas que antes eran sabias y libres, ahora dependen de fórmulas químicas y patentes. Hemos cubierto de monocultivos vastas extensiones donde antes vibraban bosques, humedales o sistemas agroecológicos vivos. Pero el problema va más allá de lo técnico: es una desconexión espiritual y ecológica, desconexión que ha llegado al límite. Frente a esta realidad, surgen propuestas que no solo buscan parar el daño, sino sanar la herida que la agricultura convencional ha abierto en la tierra.
Una de ellas, tal vez la más prometedora, es la agricultura regenerativa. En este artículo que voy a desarrollar con vosotros, voy a explicarles ¿Qué significa la agricultura regenerativa?, cómo se relaciona con la agroecología, qué principios la sostienen, qué prácticas propone, y sobre todo, cómo puede salvar nuestros suelos, la soberanía y más importante, nuestra salud como especie. Acompáñame a recorrer esta senda hermosa, entre ciencia, experiencia y compromiso con la vida.
¿Qué significa la agricultura regenerativa?
La agricultura regenerativa es mucho más que un conjunto de técnicas, sino un cambio de paradigma. Es la forma de producir que regenera el suelo, que entiende que el campo no es una fábrica, sino un sistema vivo. Es un enfoque agroecológico que se posiciona más allá de la sostenibilidad: simplemente porque no basta con conservar lo que queda, debemos intentar regenerar lo que se ha perdido.
Schreefel et al. (2020) la definen como “un enfoque de la agricultura que utiliza la conservación del suelo como punto de partida para contribuir a múltiples servicios ecosistémicos, con el objetivo de mejorar no solo las dimensiones ambientales, sino también las sociales y económicas de la producción alimentaria sostenible” (p. 2). Es decir, hablamos de una rehabilitación del suelo en su sentido más amplio: físico, químico, biológico y simbólico.
Evidentemente, no es una idea que sacamos en esta generación. Sus raíces se hunden en los movimientos de agricultura orgánica de los años 80, sobre todo en el trabajo del Rodale Institute. Lo que ha cambiado es el contexto: ahora tenemos una crisis climática que nos golpea con fuerza, una crisis de biodiversidad y una crisis alimentaria. Y la respuesta regenerativa aparece como una alternativa a la agricultura convencional que no solo se defiende, sino que propone volver a trabajar con la tierra, no contra ella.
El estudio de la agricultura debe incluir hoy una mirada regenerativa, porque no basta ya con evitar el daño: hay que sanar. Y para eso necesitamos conocimiento técnico, sí, pero también necesitamos conciencia, formación, y por qué no, cursos de agricultura que formen personas sensibles, críticas y comprometidas con el suelo como base de la vida.
Principios de una agricultura que cura: de la biología al alma del suelo

Como agrónomo, sé que cada decisión en el campo tiene consecuencias, y como agroecólogo, sé que esas decisiones deben estar en armonía con los procesos naturales. La agricultura regenerativa se basa en una serie de principios profundamente ecológicos y científicamente respaldados, que se convierten en actos de sanación agroecosistémica.
Entre los pilares fundamentales están:
- No alterar el suelo innecesariamente: la labranza mínima o nula permite que los agregados del suelo se mantengan estables, conservando su estructura y vida microbiana (LaCanne & Lundgren, 2018).
- Mantener el suelo cubierto todo el año: mediante cultivos de cobertura o restos vegetales. Esto evita la erosión, reduce la evaporación y protege la biota edáfica.
- Diversificar al máximo: en el tiempo y en el espacio. Policultivos, rotaciones y asociaciones que rompen ciclos de plagas y favorecen sinergias entre especies.
- Mantener raíces vivas durante todo el año: esto asegura un flujo constante de exudados que alimentan las comunidades microbianas, esenciales para la salud del suelo.
- Integrar la ganadería de forma holística: no como sistema aislado, sino como componente activo del agroecosistema. El estiércol bien gestionado es oro negro para la fertilidad.
- Reducir al mínimo el uso de insumos externos: especialmente químicos. La fertilidad se construye en la finca, a través del compostaje, el pastoreo rotacional y los biofertilizantes.
Todos estos principios apuntan a una misma meta: la restauración del agroecosistema, pero no se trata solo de suelos o cultivos. Se trata también de cultura, de sentido, de identidad campesina. Porque cuando cuidamos el suelo, también protegemos la memoria de quienes lo han trabajado con amor y respeto por generaciones.
Prácticas regenerativas: sembrar vida, no solo alimentos
Las prácticas regenerativas son concretas, diversas y adaptables a cada territorio. No son recetas pues cada contexto, ecosistema, situación social y cultural es distinto, por eso deben ser visto como principios aplicados con creatividad y conocimiento del contexto. Estas son algunas de las más comunes y efectivas:
- Siembra directa sobre cultivos de cobertura: esta técnica evita el laboreo, protege el suelo y mejora su estructura, mientras se incorporan residuos que alimentan la vida microbiana (Villat & Nicholas, 2024).
- Rotaciones amplias e intercalado de especies: rompen los ciclos de enfermedades, mejoran la fertilidad y permiten usar mejor los nutrientes del suelo.
- Cultivos de cobertura con leguminosas: estos fijan nitrógeno atmosférico, enriquecen el suelo y previenen la erosión. A su vez, compiten con malezas, ayudando a combatir las plagas de forma indirecta.
- Agroforestería y sistemas silvopastoriles: +arboles en medio del cultivo o el pastizal aportan sombra, materia orgánica y hábitat para polinizadores y aves insectívoras.
- Incorporación de ganado en rotación adaptativa: el pastoreo bien manejado estimula el rebrote vegetal, mientras recicla nutrientes y controla la vegetación.
- Aplicación de compost y biofertilizantes: elaborados en la finca, con residuos propios y fermentaciones que activan la microbiología del suelo.
He tenido la suerte de ver cómo, en apenas tres años, suelos clasificados como degradados (duros como concreto, agrietados como un desierto) recuperaron su estructura esponjosa, su aroma a vida y su capacidad de absorber agua. Todo gracias a estas prácticas, aplicadas con paciencia, monitoreo y respeto por los ciclos naturales.
Y lo más hermoso: al aplicar estas prácticas, la agricultura se convierte en una aliada de la vida, no en su enemiga. Se empieza a producir más diversidad, mejor calidad, más estabilidad y resilencia frente a eventos climáticos extremos.
¿En qué se diferencia la agricultura regenerativa de la agroecología?
Esta pregunta es frecuente, y válida; ¿La agroecología es lo mismo que la agricultura regenerativa? No exactamente, pero tampoco son antónimos. Es más preciso decir que son hermanas que comparten casa, pero no visten igual.
Ambas tienen una base común: el respeto por la ecología del agroecosistema, la búsqueda de soberanía alimentaria y la promoción de sistemas diversos, resilientes y de bajo impacto ambiental (Tittonell et al., 2022). Sin embargo, hay matices importantes:
- La agroecología es también un movimiento social: nace del campesinado, de los pueblos indígenas, de los saberes tradicionales. Es política, feminista, comunitaria. Habla de tierra, pero también de poder.
- La agricultura regenerativa ha sido más técnica, más enfocada en la finca, en la parcela, en la práctica. En algunos contextos ha sido adoptada incluso por grandes productores y empresas que buscan reducir su huella ecológica.
- Lo importante no es dividir, sino entender que la agroecología aporta el marco político y cultural, mientras que la regenerativa traduce muchas de esas ideas en prácticas concretas aplicables incluso a gran escala.
Desde mi experiencia, el ideal está en la convergencia: aplicar las prácticas regenerativas dentro de un marco agroecológico, ético y territorialmente enraizado. Solo así regeneraremos el suelo y el tejido social que lo sustenta.
Desafíos y críticas a la agricultura regenerativa: ¿utopía o solución real?
A veces, cuando hablamos de prácticas que “regeneran”, suena a promesa milagrosa. Y por eso, hay quien mira la agricultura regenerativa con escepticismo. ¿Es viable económicamente? ¿Funciona en todos los contextos? ¿Puede reemplazar a la agricultura convencional en términos de rendimiento?
Estos cuestionamientos son legítimos y necesarios. Porque si de verdad buscamos un cambio de modelo, debemos mirar los límites con la misma honestidad con la que exaltamos los logros.
Entre los principales desafíos debo contarte:
- Periodo de transición incierto: los primeros años suelen ser difíciles. El suelo necesita tiempo para recuperar su vida, y mientras tanto, los rendimientos pueden bajar.
- Curva de aprendizaje técnica: muchos agricultores vienen de una lógica de recetas químicas para combatir las plagas. Transitar hacia prácticas biológicas requiere formación, acompañamiento técnico y muchas veces desaprender lo aprendido.
- Inversión inicial: aunque en el largo plazo los sistemas regenerativos suelen ser más rentables (LaCanne & Lundgren, 2018), al inicio se necesita infraestructura para compostaje, sistemas de pastoreo, cultivos de cobertura, etc.
- Falta de políticas públicas: en muchos países no hay incentivos para la regeneración. Más bien, se subsidia el modelo extractivo. Eso debe cambiar si queremos escalar la transformación.
Y aun así, pese a estos desafíos, los estudios muestran que la regeneración sí es posible. Se han documentado aumentos en la materia orgánica del suelo, mejora de la biodiversidad, incremento de la resiliencia climática y, en muchos casos, rentabilidad superior a la convencional (Villat & Nicholas, 2024; Tittonell et al., 2022).
Por eso, más que una utopía, la agricultura regenerativa es una dirección. Un horizonte que no debemos idealizar, pero sí caminar con firmeza. Porque si algo está claro es que el modelo actual está agotado. Y porque cuando ves un suelo antes muerto volverse esponjoso, fértil y rebosante de lombrices… no necesitas más pruebas.
Cómo diseñar un sistema regenerativo desde cero: guía para sembrar futuro
Como te mencioné en párrafos anteriores, que existan unas prácticas para la regeneración de agroecosistemas, no quiere decir que sean una receta aplicable o replicable en cualquier lugar, aquí se necesita análisis, estudio y conocimiento, se debe aprender a leer el suelo y su entorno como si fuera un libro. Y para ello, hay una secuencia lógica que puede guiar a quien quiere iniciar este camino:
- Diagnóstico del suelo: hay que conocer su textura, nivel de materia orgánica, biodiversidad microbiana, pH y compactación. Porque no se regenera lo que no se conoce.
- Planificación de la diversificación: diseñar rotaciones que incluyan leguminosas, cultivos de cobertura y policultivos. Siempre teniendo en cuenta la estacionalidad y los objetivos productivos.
- Selección de variedades resilientes: de preferencia criollas, adaptadas al entorno, con tolerancia a plagas, enfermedades y estrés hídrico.
- Gestión integral de nutrientes: compost, biofertilizantes, té de compost, abonos verdes. Todo esto no solo alimenta a las plantas, sino a la vida del suelo.
- Control ecológico de plagas y malezas: con asociaciones de cultivos, bordes florales, manejo del hábitat y rotaciones inteligentes. Porque combatir las plagas no es matarlas, sino hacerlas irrelevantes.
- Monitoreo constante: medir, observar, registrar. Un sistema vivo siempre está en cambio, y debemos adaptarnos con él.
Este diseño debe ser flexible, adaptado al contexto local y a las capacidades de cada productor. Aquí básicamente hay que saber aprender y aplicar todo sobre agricultura.
Porque no se trata solo de rendimiento por hectárea, sino de regenerar procesos, vínculos, paisajes, culturas. Y eso no se mide en toneladas, sino en resiliencia, belleza y dignidad.
¿Puede la agricultura regenerativa salvar nuestros suelos y enfriar el planeta?

No es exagerado decir que el suelo es nuestro mayor aliado climático. Según estimaciones del IPCC, el manejo del carbono en suelos agrícolas es una de las estrategias más efectivas para la mitigación del cambio climático (IPCC, 2022). Y aquí, la agricultura regenerativa sale como una de las mejores armas que tenemos.
Cuando dejamos de arar, cuando cubrimos el suelo, cuando integramos árboles y animales al sistema, el suelo se convierte en un sumidero de carbono. Diversos estudios muestran que, bien manejados, los sistemas regenerativos pueden secuestrar entre 0.3 y 1.5 toneladas de carbono por hectárea al año (Villat & Nicholas, 2024).
Pero más allá del carbono, lo que se regenera es la capacidad del suelo para sostener la vida. Su estructura porosa retiene agua, su biodiversidad controla enfermedades, su microbiota libera nutrientes. En un clima cambiante, esa es la verdadera adaptación.
Por eso, cuando decimos que esta agricultura puede “salvar nuestros suelos”, no es un mero romanticismo, sino de real capacidad de rehabilitación del suelo, y en su sentido más técnico, político y espiritual.
Cultivar con respeto, producir con conciencia
La agricultura regenerativa no es una moda, ni un eslogan verde, es una respuesta ética y científica a una crisis que cada día pagamos más caro. Es un puente entre la técnica y la sabiduría campesina. Entre la necesidad de producir alimentos y el deber de cuidar la vida que los hace posibles.
Frente a un modelo que agota, contamina y despoja, esta es una de las alternativas a la agricultura convencional más poderosas y viables. No por fácil, sino por verdadera.
Quienes estamos comprometidos con un futuro sostenible debemos formarnos, dialogar, aplicar. Debemos promover cursos de agricultura que no solo enseñen a sembrar, sino a escuchar. Que no solo hablen de fertilizantes, sino de la fertilidad profunda que viene de la simbiosis entre plantas, suelos y personas.
Y así, regenerando suelos, regeneraremos también nuestras formas de habitar el mundo. Porque si cultivamos con respeto, si producimos con conciencia, lo que cosechamos es mucho más que alimento: es esperanza.
Referencias:
- Jayasinghe, S. L., Thomas, D. T., Anderson, J. P., Chen, C., & Macdonald, B. C. T. (2023). Global application of regenerative agriculture: A review of definitions and assessment approaches. Sustainability, 15(22), 15941. https://doi.org/10.3390/su152215941
- LaCanne, C. E., & Lundgren, J. G. (2018). Regenerative agriculture: Merging farming and natural resource conservation profitably. PeerJ, 6, e4428. https://doi.org/10.7717/peerj.4428
- Li, M., Peterson, C. A., Tautges, N. E., Scow, K. M., & Gaudin, A. C. M. (2019). Yields and resilience outcomes of organic, cover crop, and conventional practices in a Mediterranean climate. Scientific Reports, 9, 12283. https://doi.org/10.1038/s41598-019-48747-4
- Schreefel, L., Schulte, R. P. O., de Boer, I. J. M., Schrijver, A. P., & van Zanten, H. H. E. (2020). Regenerative agriculture – the soil is the base. Global Food Security, 26, 100404. https://doi.org/10.1016/j.gfs.2020.100404
- Tittonell, P., Mujtar, V. E., Félix, G. F., Kebede, Y., Laborda, L., Luján Soto, R., & de Vente, J. (2022). Regenerative agriculture—Agroecology without politics? Frontiers in Sustainable Food Systems, 6, 844261. https://doi.org/10.3389/fsufs.2022.844261
- Villat, J., & Nicholas, K. A. (2024). Quantifying soil carbon sequestration from regenerative agricultural practices in crops and vineyards. Frontiers in Sustainable Food Systems, 7, 1234108. https://doi.org/10.3389/fsufs.2023.1234108








